viernes, 4 de enero de 2019

Largas noches.

Entraste por la puerta, botas, falda, chaqueta negra, fue un llamado instantáneo al cual acudí. Sentía algo fuerte, algo vibrando dentro de mi, pero en el momento que volteaste y pude ver tu rostro caí perdido en esos ojos verdes, esos labios rojos y esa maldita camiseta, esa maldita camiseta que de una u otra manera me decía que podríamos compartir horas y horas escuchando música juntos.

Te sentaste en la barra, y sin mucho meditarlo pediste una cerveza. No podía quitarte mis ojos de encima, y en un punto lo notaste. Con una sonrisa coqueta dejaste entrever que no te molestaba, pero que no querías que eso quedase más en miradas. En un movimiento rápido me diste a entender que era mi momento de moverme y que si no lo aprovechaba todo lo que no había comenzado acabaría en ese momento. No sé de dónde, ni como, pero saqué valentía y me levanté de mi mesa, en linea recta atravesaba la multitud buscando llegar a la barra. Choqué, empujé y molesté, pero en mi cabeza solo podía pensar en esos labios rojos y esos ojos verdes mirándome fijamente.

'Hola' te dije, agitado, sudoroso y con un foco rojo escondiendo mi sonrojo. Respondiste de forma muy seca '¿Cerveza?' y yo solo pude asentir, en mi cabeza solo pensaba que ya, sin haber dicho más que una palabra la había cagado. Recibí la botella y por los nervios tomé más de la mitad en un sorbo. 'Garganta profunda, ¿eh?' fue lo siguiente que te escuché decir, seguido de un 'Yo también tengo la garganta un poco profunda, sería interesante si puedo mostrártelo'. Para mí, eso más que una propuesta indecente, fue la mejor forma de romper el hielo.

Una, dos, tres, ocho cervezas pasaron y seguíamos en la barra, hablando sin parar, de cine, de música, de sexo, de viajar, de deportes, de lo que se te pasara por la cabeza, empezaron a pasar las horas más y más rápido, hasta que un hombre nos interrumpió. 'Muchachos, ya cerramos, lo sentimos'. Con un leve balbuceo respondimos y salimos resignados. En el andén sacaste tu caja de cigarrillos y me ofreciste uno. Llevaba tal vez 4 meses sin fumar, pero sin pensarlo dos veces lo recibí, prendiste el tuyo, y luego prendiste el mío, sin necesidad de usar el encendedor nuevamente. Eran las 3:33 de la madrugada, y nuestra única preocupación era el frío. Mientras se consumía el cigarrillo y seguíamos conversando ibas buscando como volver a tu casa.

En un punto, sin transporte opiné que deberíamos ir caminando, a lo que tu te reíste y dijiste 'Es una idea muy estúpida, yo vivo muy lejos', pero que empezaste a seguir, conmigo detrás. 4:00 marcaba el reloj y no aguantabas más el frío, te di mi buso y me volviste a sonreír como lo hiciste en el bar. De la nada pasó un taxi, y lo tomamos sin pensarlo, yo te dije que te acompañaba hasta tu casa y luego seguía hacia la mía, pero entre roces y miradas extrañas por parte del conductor, me bajé contigo.

Me invitaste a pasar, estaba un poco desordenado. Había colillas y botellas de cervezas regadas aleatoriamente por el apartamento. Me pediste que esperara en el sofá de la sala, ibas por un buso para regresarme el mío. Al cabo de 5 minutos volviste, completamente desnuda, estaba anonadado.
Te abalanzaste sobre mí y entre besos y caricias empezamos a follar. Empecé a perderme entre tus piernas, entre tus pechos, en tu cadera y en ti. El calor que sentí, tu sudor, tus gritos, tus marcas en mi espalda... todo.

Ya son las 12:30 del medio día, sigo acostado en tu cama, tú a mi lado, aún desnuda reposas en silencio. Siento la necesidad de irme, pero no porque no quiera seguir contigo. Mientras pasa el tiempo me siento a ver el techo, pienso en como una persona de la noche a la mañana puede cambiar la vida de otra. Pienso en qué puede pasar, en qué no y en menos de lo que imaginas me armo un mundo en mi cabeza, referente a esa situación. Empiezas a despertarte, volteas y me ves y sin titubear te me pones encima, quieres que sienta tus pechos, me besas y te levantas. Prendes un cigarrillo y vuelves a invitarme, '¿Por qué no?' pienso. Me preguntas si tomo café para ver si preparas una o dos tazas y te vas, con nada más que mi camisa puesta a la cocina.

Mientras tomamos café, te digo que debo partir, pero que no quiero que ésto sea algo de una sola noche, la verdad estaba encantado no solo con tu cuerpo, o con tu mirada, estaba loco por tu forma de hablar, por tus ideas y comentarios y por tus gustos, los cuales compartías conmigo. Me gustaba como veías la vida y creo que me enamoré en un momento de tu forma de ser. Sin mucho preguntar, me diste tu número, te escribí por que siempre dudo en este momento y efectivamente eras tú.

Te pedí mi camiseta para irme, y sin mediar palabras en medio de la cocina te la quitaste, me preguntaste si me gustaba lo que veía y posterior a eso, volvimos a tener sexo en el mismo sofá de la noche anterior. Siendo las 3:33 salí de tu casa, iba contento viendo la vida, sentía que esa noche mi vida cambiaría y empezaría a irme bien en las relaciones sentimentales. Salí contento a la calle, y no tuve ni que dar el primer paso en la avenida para recibir tu primer mensaje. Todo indicaba que estaba en lo correcto que mi vida había cambiado.

Al tercer día, desapareciste y no te volví a ver.









sábado, 13 de octubre de 2018

Un millón de estrellas.

Siempre podrían suceder un montón de cosas extrañas cuando dejabas que yo tomara las riendas de la situación. Conmigo en la cabeza las cosas siempre podían salirse un poco de las manos y terminábamos haciendo cosas que jamás pensaríamos hacer. Algunas veces ésto era nefasto, pero otras era lo mejor que nos podía pasar.

Estábamos solos, echados en la cama mirando el techo, tenías de esas estrellas que alumbran en la noche pegadas en tu techo, y mientras nuestros pies jugueteaban y nuestras manos se acariciaban, nuestras miradas iban fijas a ése techo. Yo contaba cuantas habían y pensaba en cuanto tiempo llevaban ellas en ese techo. Volteé a verte y en ese momento justo me viste, no pude con tu mirada y me sonrojé, a lo que respondiste besándome. Siempre me decías que era muy idiota, pero que entre todas las cosas era tu idiota. Empezaste a recostarte sobre mí, y al final, la noche se extendió entre el calor que emanaban nuestros cuerpos.

De mañana, nos vimos, y de la nada tomaste mi mano, me hiciste vestirme rápido y salimos a caminar. En el parque mirábamos como los perros corrían y la gente vivía sus vidas, mientras de la mano me llevabas por lugares que a duras penas recordaba haber caminado. Subimos unas escaleras y llegamos a un parque. Nos echamos en el pasto a hablar. Era feliz con esas pequeñas cosas y no lo dimensionaba.

De la nada una idea estúpida pasó por mi cabeza, te levanté y nos fuimos a tu casa, te dije que hicieses una maleta rápida, que a mi me bastaba solo con estar contigo, recogimos unas cuantas cosas y salimos, no sabías nada, pero me seguías la cuerda. Tomamos un bus y ahí empezó nuestra pequeña aventura. Pasaron una, dos, tres horas y ni yo sabía donde nos teníamos que bajar; como una señal del destino el bus paró y nosotros bajamos ahí. Caminamos otra media hora, hasta encontrar una casa, sabía que había estado ahí antes, entramos, nos pusimos cómodos y prendimos la chimenea.

Ya era de noche, claramente te había hecho hacer un montón de cosas para las cuales no nos habíamos preparado. Rendidos, cansados y agotados, solo queríamos acostarnos a descansar. Pero antes de eso, te saqué al jardín y nos echamos nuevamente en el pasto, esta vez acostados. Nuestros pies jugueteaban mientras nuestras manos se acariciaban, más y más cerca cada vez. El frío de la noche no era rival para el calor de nuestros cuerpos cada vez más juntos. En ese instante, con tus piernas rodeando las mías y mi brazo al rededor de tu cintura, miré al cielo. Veía pequeños puntos centellantes en el cielo; millones de estrellas rodeándonos en el firmamento.

Me sentí diminuto, volteé a verte y preciso tu también a mi, a lo que repetiste lo de la noche anterior y sonrojado, me besaste. Estoy seguro que podría tener un millón de besos por cada una de las estrellas que nos veía esa noche, y no quedaría satisfecho. Empecé a pensar en que estabas a mi lado, y esa sensación de disminución se iba yendo, a tu lado me sentía muy grande, muy tranquilo... muy feliz. Y pensé, que no hace falta un millón de estrellas, ni las diez que hay en el techo de tu cuarto, para darme cuenta que a tu lado, soy un hombre feliz.

De tu mano, siendo tu idiota, soy alguien absolutamente feliz.



sábado, 1 de septiembre de 2018

Idilio de amor.

No recuerdo cuando fue la última vez que vi esos ojos verdes mirarme de esa forma. He de admitir, siempre me encantó como contrastaban tus ojos con tu cabello negro. El bar estaba lleno, y eso hacía que estuvieses más cerca mío.

Nuestros pasos eran torpes, más por mi culpa que por nada, pero a ti no te importaba, siempre me dijiste que te gustaba verme sonreír, y de alguna manera eras la única a quien le regalaba mis sonrisas más sinceras. Nuestros pasos eran torpes... mis pasos eran torpes y lo único que hacías era reírte de eso. Te burlabas de mi, pero por verte así de feliz, cualquier cosa.

Al final, cada paso era un par de segundos más a tu lado,  cada paso que se daba me llevaba más y más cerca a tus labios. Pero aun el momento no llegaba. La torpeza no solo estaba en los pies, podías notar como cuando no estábamos bailando, torpemente buscaba tomar tu mano, y pese a que te dabas cuenta lo mucho que sufría por esto, no me colaborabas, porque aunque te gustase la idea, te gustaba aun más verme intentar ese tipo de cosas que sabías que no haría por nadie más.

La noche seguía su largo camino, mientras tu y yo nos íbamos viendo más y más a los ojos, tu hermosa mirada era la razón por la que siempre me quedaba ahí, embobado, viéndote. Poco a poco entre risas y palabras volando, las cervezas que teníamos se fueron acabando, y la hora de irnos se iba acercando.

Al final tu mejilla junto a la mía, mientras al oído me susurrabas las palabras más dulces que jamás me habías dicho, dejando en incertidumbre si esa noche se cumpliría, o no mi pequeño gran sueño.

Mi pequeño gran sueño; un beso en el que se fundan en una sola tu alma y la mía.

martes, 29 de mayo de 2018

Si algún día nos volvemos a ver.

Si algún día nos volvemos a ver, entenderé que ya no eres mía, que quizás nunca lo fuiste.
Si algún día nos volvemos a ver, recordaré con pasión aquel ultimo buen recuerdo que tuve a tu lado.
Si algún día nos volvemos a ver, me sentiré feliz al pensar en que si estás aquí nuevamente, es por algo.
Si algún día nos volvemos a ver, entenderé que ya todo acabó.

Si algún día nos volvemos a ver, será en tu sonrisa en lo primero que pensaré. En aquel pequeño detalle que hacía que mi vida brillase un poco más, en aquel pequeño momento en que tu y yo dejábamos de ser dos seres distintos para convertirnos en uno solo.
Si algún día nos volvemos a ver, me alegraré de saber que estás bien, que sigues ahí con la misma sonrisa que has llevado toda tu vida, coqueta y sincera, alegre y emotiva. Entenderé que por más que el tiempo pase, quizá eso es algo que nunca cambiará.

Si algún día nos volvemos a ver, sonreiré porque en ese momento me daré cuenta que has dejado de ser mi demonio más grande.

martes, 15 de mayo de 2018

Entropía

La vida es un caos todo el tiempo, ésto lo dice la segunda ley de la termodinámica. Cualquier acción que se realice, liberará entropía, y esto se traduce a un mundo lleno de caos, lleno de desorden.
Es por esta razón, quizá, que cuando salía a bailar contigo, siempre sucedían cosas, que fuera se salían de mis manos.

La razón principal por la cual salía, eras tú, bailar me hacía sentirme más cerca de ti, y tú, con tu sonrisa buscaba ayudarme con mis torpes y tímidos pasos. Esas noches en particular eran demasiado intranquilas, no propiamente porque entre tu y yo hubiese una tensión negativa, sino que las estrellas se posicionaban para vernos sufrir eventos desafortunados.

Podemos comenzar con el día al que me llevaste al bar de salsa, sabías lo mucho que me gusta ese genero y me llevaste para ver que tanto podía defenderme yo bailándolo. La noche era muy linda, y llevábamos bailando sin parar casi una hora, por lo que sin previo aviso me tiraste a una silla y posteriormente te sentaste sobre mi, con la mala fortuna de que ésta se rompió y terminamos en el piso. No parabas de reír, mientras yo sollozaba por el golpe que había recibido. Me hiciste levantarme rápidamente y seguimos bailando, esa noche estuve reacio a volver a tomar asiento. Sin embargo, el dolor desaparecía a medida de que tus besos aparecían.

O también, como olvidar aquella noche, que decidimos dejar el baile para una siguiente y fuimos a un café bar, a escuchar una banda en vivo. Era un tributo a Barón Rojo, y si bien no era tu genero favorito, me llevaste sabiendo que era una de mis bandas preferidas. Yo estaba muy feliz, las canciones, tu mano sobre tu pierna y tu mano sobre la mía, música y tu sonrisa a mi lado. Eso hasta que levanté mis brazos por la alegría que tenía encima, teniendo la mala fortuna de derramar una bandeja que un mesero traía sobre nosotros. Quedamos bañados en alcohol; yo no podía decir ni una palabra, mientras tú, me veías con tu cara de 'Eres un imbécil', me sonreías y posteriormente me dabas un beso para terminar diciendo 'Así, con todo este alcohol sabes un poquito menos amargo'.

A tu lado mi vida tenía muchas más emociones, solían pasarme cosas que no comprendía o que a priori, no tenían sentido. Me llenabas de sonrisas, más de las que me regalabas, me hacías ver el mundo de una forma un tanto más positiva y pese a que siempre, siempre que estabamos juntos algo malo pasaba, nunca lo vimos como algo malo... tu lo veías con unos ojos llenos de tranquilidad y una sonrisa esperanzadora, mientras que yo lo veía como una oportunidad de poder ver esa sonrisa que tanto amé.

Al final, como decía la canción que sonaba cuando nos caímos de la silla 'todo tiene su final, nada dura para siempre'. Aunque pensandolo bien, todo ese caos si lo hace... y en ese caos está el recuerdo de esa hermosa sonrisa.


jueves, 15 de marzo de 2018

El fantasma de la soledad.

Jueves, 15 de marzo. Ha sido un día muy tranquilo, de esos días en los que la lluvia golpea el techo y el calor de la cama llama, cual fuerza sobrenatural que arrastra al ser a un estado taciturno.
Pasan los minutos, pasan las horas y pese a que ese estado de quietud y tranquilidad predominan en el ambiente, el sueño no logra aparecer. Pasan largas horas para darme cuenta que ahí está, el fantasma de la soledad dispersando mi sueño.

El recordar que no hay nadie, el sentirme angustiado por aquel sentimiento de soledad. El pensar que será otro viernes, otro día más sin nadie con quien estar, sin nadie con quien ser, sin nadie con quien compartir. Será otro viernes igual a aquel jueves, o a aquel miércoles, o martes... lunes. Otro viernes más solo, conformándome con un par de cigarrillos viendo al sol escondiéndose tras el horizonte. Otro viernes más viendo como mi día se apaga, como la noche me envuelve y junto a ella la soledad me rodea.

Es demasiado triste estar bien, y de un momento a otro sentirse así. Impotente frente a una vida que parece no va a cambiar, frustrado por un sentimiento que quizás no sea real del todo, pero que en su existencia si tiene fundamento, cansado de no poder salir de ahí.

Es triste y duele; pero duele más cuando la nostalgia te patea, y recuerdas que ese viernes es una fecha especial, en la que solías hacer algo casi todos los años. Cuando cada viernes era un mundo diferente y tu mundo era feliz. Cuando habían personas que más allá de las diferencias compartían una amistad. Es triste y duele muchísimo más cuando pese a que sabes que tienes muchísimos amigos, te sientes tan solo.

El tiempo pasa y sigue lloviendo, el calor ha aumentado muchísimo y el sueño empieza a llegar. Estás echado junto a mi, recordándome lo cruel que puedes llegar a ser.  Supongo que es hora de levantarme, realmente no quiero que llegue el día de mañana con tanta ansia. La verdad, en este preciso momento no sé en que región del espacio/tiempo me gustaría estar. No sé en cual lograría encajar y en cual dejaría atrás toda ésta soledad.

Solo necesito que te vayas, fantasma de la soledad. Solo necesito que me dejes en paz y pueda así volver a encontrar mi camino, volver a encontrarme con quien quiero, volver a encontrarme en equilibrio.

sábado, 10 de marzo de 2018

Una noche más.

Eran las 6:40, íbamos tarde, como de costumbre, a aquella función de las 7 de la noche. Corrías de mi mano a lo largo de los pasillos de ese gran centro comercial, esquivando personas a diestra y siniestra mientras teníamos como objetivo llegar a la taquilla del cine y reclamar aquellas boletas que teníamos reservadas. Recuerdo muy bien como te preocupabas por qué yo no debía correr, pero el hecho de perderme los avances me tenía con la adrenalina al límite y yo solo corría por instinto.

Logramos llegar, solo 5 minutos tarde, entramos a la mitad de los avances. Fue una película muy normal, tenía un poco de acción, un poco de comedia y un poco más de drama. Tuvo también un poco de tus besos cada vez que te acercabas a preguntarme algo. En general fue una buena velada. Sabías que no podía resistirme a tu mirada en la oscuridad, y sabías mejor que yo cual podía ser mi más grande debilidad.

Eran las 8:20 de la mañana. Iba pedaleando hasta donde mis pies daban. Habías dicho que quedábamos de vernos a las 8 en punto, y yo en mi mundo dejé ir el tiempo y salí más tarde de lo que pensé que saldría. Me sentía fatal pensar que te había hecho madrugar para que te enojaras conmigo por mi falta de puntualidad. Al llegar te vi tranquila, sentada observando a las personas que usualmente salían a jugar partidos de baloncesto. Me recordaste lo mucho que te gustaba ir a verme cuando tenía partidos. Nostalgicamente, recordé como lograbas subirme la moral y como gracias a ti lograba dar un poco más de mi 100% en cada partido.

Te levantaste de la silla, me diste un beso y luego me tiraste al pasto, me dijiste textualmente 'No vuelvas a hacerme madrugar para esperarte, imbécil'. Y posteriormente te fuiste a la cancha y preguntaste si había cupo para dos personas. Entramos a jugar unos 15 minutos, estabas en el otro equipo. No te cohibías cuando se trataba de presionarme y lo hacías con todas tus fuerzas, me hacías sentir completo nuevamente.

Eran la 1:00 de la tarde. Quedamos de vernos en tu casa, teníamos boletos para ir al teatro, pero primero querías que pasase por tu casa y almorzacemos juntos, me pediste que llevaras algunas cosas para completar el almuerzo y en mi forma de ser llevé varias que no coincidían a lo que me pediste. Cocinar a tu lado siempre fue uno de mis más grandes placeres, lo que más amaba era aprender cosas nuevas a tu lado. Almorzamos y salimos al teatro, la función era a las 4:20.

Nunca pensé que estaríamos juntos en un ambiente como ese... tan bohemio. Sin embargo a tu lado todo era simple, era hermoso, era perfecto. Salimos de aquella obra dramática a por un par de cervezas; Terminamos en un bar de son y salsa. Al principio estaba muy reacio a bailar, pero tu insistías. No aguanté y cedí, y no me arrepiento de ceder ante lo que me pides en momentos así. Fue una de las mejores noches de mi vida. Tus pasos, tus besos, tu ritmo, tu calor, tú.

Eran las 9 de la noche, era la última función del día, íbamos a ver una película de terror. También eran las 3 de la tarde, íbamos a comer hamburguesa, o cuando eran las 6 de la tarde, salíamos a tomarnos un café. Casi siempre buscaba empezar mis noches contigo, casi siempre buscaba terminarlas así; Feliz. Ahora solo quiero una noche más a tu lado, una noche más siendo feliz. Una noche más.