viernes, 24 de mayo de 2019

Mendacium.

Siempre decías cosas que me endulzaban el oído, siempre cosas bonitas que extrañamente no eran acordes a tus actitudes. Llegaste a decirme que siempre estarías para mi debido al amor que sentías por mi, pero eso no fue más que otra mentira más que creí. Siempre me gustó vivir en ese mundo de mentiras, en primer lugar porque me gustaba creer que era todo cierto y en segundo porque siempre he querido ser el mejor mentiroso.

Han pasado ya dos años desde te fuiste, pero sigues aquí, en mi cabeza, en mi forma de ser. Todos me decían que eras una persona mentirosa, que no tenía corazón y que era fría como ninguna otra. Mi sorpresa llego al encontrar en muchas muestras de afecto por tu parte calidez en un gran corazón. Con eso empecé a dudar si realmente eso de que eras mentirosa era una mentira más.

¿Hasta dónde una mentira es eso? ¿Cuándo una mentira es una verdad escondida? ¿Cómo se da el caso contrario? Todas preguntas que me nacían mientras mas pasaba tiempo contigo y mas te iba conociendo. Mientras más te conocía, más preguntas me hacía. No me sentía tranquilo, pero llamaba mucho la atención conocerte,  tenías una forma de ser curiosa, siempre en función a una prosa que profesabas, pero que  muy rara vez demostrabas... hasta el punto que jamás olvidaré la primera vez que me dijiste 'No te vayas, te necesito'. 

Empecé a ver como mentías, o al menos así yo lo percibía. No solo cuando hablabas conmigo, sino en general cuando hablabas con cualquier persona. Moldeabas las cosas a tu favor en la mayoría de oportunidades que tenías para hacerlo, y no dudabas ni un segundo en mostrarte segura frente a todo lo que decías por más que supieses que yo sabía algo más. Eras cínica con tus palabras, pero en momento me dabas el cariño que me faltaba en ese momento. 

Al final todo me llevó a pensar ¿qué son realmente las mentiras? ¿Acaso una mentira deja de serlo cuando es mejor que la verdad que esconde? ¿Es una mentira repetida muchas veces una verdad?, contigo me preguntaba y me preguntaba cosas y empecé a tomar actitudes tuyas, empecé a mentir. 

Después de todo lo que me dijiste y que nunca permitiste que me fuera, un día tomaste la decisión de desaparecer. Me afligía el saber que no volvería a tener palabras bonitas de tu parte, porque al final, después de tanto repetirlas, sonaban como verdades. Siempre guardé en mi recuerdo tu muletilla más constante, 'No te vayas, te necesito'. Ésta que me enseñó a comportarme de una forma más maquiavélica, y por la cual te agradezco. 

Hasta el día de hoy no he obtenido respuesta a ninguna de las preguntas que me formulé al largo de éste texto, sin embargo, entendí que para vivir en un mundo de mentirosos, se tiene que ser el mejor de los mentirosos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El tesoro.

Y en círculos el cazador ando durante mucho tiempo. Vagaba, con su mirada fija en la luna, esperando a que la luz de un pronto amanecer le diese un norte y por ende una señal de ubicación. Un amanecer dónde los tonos azules y naranjas se besan y el sol empieza a tocar el firmamento, en un cielo que de un vistazo rápido será blanco, pero que al detallar irá perdiendo su color en las hojas de los árboles y en la densidad de éstos. Aquel sol que pretendía dar esperanza, terminó desapareciendo antes de que se imaginara. Un día gris, con gotas resbalándose por las hojas que minutos atrás habían sido bañadas por la luz solar, un día gris lleno de nubes que atormentó al cazador hasta que la oscuridad volvió a poseer el firmamento.

Perdido, cansado, desesperado y ansioso, aquel cazador decidió tomarse un respiro, al mirar el cielo nocturno se percató que a lo lejos, una pequeña estrella titilaba, como ninguna otra que hubiese visto antes en su vida. Poco a poco fue cerrando sus ojos, hasta que repentinamente el cantar de los pájaros hiciese que los se abriesen de repente. Era nuevamente de día, y decidido a salir de ése extraño lugar el cazador emprendió un nuevo camino, haciendo uso de todas aquellas técnicas que la experiencia le había proveído se encaminó a la salida de su laberinto.

Durante las primeras horas seguía sintiendo que caminaba en círculos, se sentía perdido y se desesperaba, pero cuando pensaba bien las cosas encontraba pequeños detalles que le hacían cambiar de opinión. Se dio cuenta, que en pequeñas cosas encontraba grandes diferencias y empezó a tener en cuenta cualquier mínimo detalle. Encontró en la simplicidad su más grande tesoro, aquel que en menos de lo que esperaba lo ubicó nuevamente y le dio valor para continuar con su aventura.

El cazador ya no estaba perdido, recorría nuevamente con total confianza aquellos lugares que en un momento lo agobiaban. En su tesoro encontró la tranquilidad, en su tesoro encontró la fuerza que necesitaba para afrontar con aun más experiencia, nuevas aventuras.

jueves, 11 de abril de 2019

Perdido.

Recorría bosques y selvas, el cazador tenía experticia en el asunto. Marcas en los árboles, señales en los ríos, tenía un manejo de ubicación que hasta el mismo Zetes hubiese quedado sorprendido. Todo ésto era debido a la experiencia que tenía, años cazando lo hacían un hombre sagaz, hábil, conocedor. Ese conocimiento en el campo lo hacía alguien audaz, sin temor alguno.

Sin embargo, después de horas caminando se percató que estaba andando en círculos. Había recorrido el mismo camino una y otra vez durante largas y tortuosas horas. Al final, bajo una oscura noche sin estrellas y con una luna muy tenue, el cazador se dio cuenta que por primera vez estaba perdido.

miércoles, 10 de abril de 2019

Nostalgia

La última vez que tomé éste bus, eras mi destino.
La última vez que me bajé allí, me esperabas con una sonrisa.
La última vez que caminé por esa calle, tomaba tu mano mientras te balanceabas en el andén.
La última vez que me senté en ese parque,  mirabas el cielo nostálgico.

La última vez que tomé ese atajo, reprochabas mi terquedad.
La última vez que caminé bajo la lluvia, me culpabas por mis impulsos.
La última vez que pedí perdón, me mirabas con tus ojos llenos de cariño.
La última vez, estabas ahí.

viernes, 4 de enero de 2019

Largas noches.

Entraste por la puerta, botas, falda, chaqueta negra, fue un llamado instantáneo al cual acudí. Sentía algo fuerte, algo vibrando dentro de mi, pero en el momento que volteaste y pude ver tu rostro caí perdido en esos ojos verdes, esos labios rojos y esa maldita camiseta, esa maldita camiseta que de una u otra manera me decía que podríamos compartir horas y horas escuchando música juntos.

Te sentaste en la barra, y sin mucho meditarlo pediste una cerveza. No podía quitarte mis ojos de encima, y en un punto lo notaste. Con una sonrisa coqueta dejaste entrever que no te molestaba, pero que no querías que eso quedase más en miradas. En un movimiento rápido me diste a entender que era mi momento de moverme y que si no lo aprovechaba todo lo que no había comenzado acabaría en ese momento. No sé de dónde, ni como, pero saqué valentía y me levanté de mi mesa, en linea recta atravesaba la multitud buscando llegar a la barra. Choqué, empujé y molesté, pero en mi cabeza solo podía pensar en esos labios rojos y esos ojos verdes mirándome fijamente.

'Hola' te dije, agitado, sudoroso y con un foco rojo escondiendo mi sonrojo. Respondiste de forma muy seca '¿Cerveza?' y yo solo pude asentir, en mi cabeza solo pensaba que ya, sin haber dicho más que una palabra la había cagado. Recibí la botella y por los nervios tomé más de la mitad en un sorbo. 'Garganta profunda, ¿eh?' fue lo siguiente que te escuché decir, seguido de un 'Yo también tengo la garganta un poco profunda, sería interesante si puedo mostrártelo'. Para mí, eso más que una propuesta indecente, fue la mejor forma de romper el hielo.

Una, dos, tres, ocho cervezas pasaron y seguíamos en la barra, hablando sin parar, de cine, de música, de sexo, de viajar, de deportes, de lo que se te pasara por la cabeza, empezaron a pasar las horas más y más rápido, hasta que un hombre nos interrumpió. 'Muchachos, ya cerramos, lo sentimos'. Con un leve balbuceo respondimos y salimos resignados. En el andén sacaste tu caja de cigarrillos y me ofreciste uno. Llevaba tal vez 4 meses sin fumar, pero sin pensarlo dos veces lo recibí, prendiste el tuyo, y luego prendiste el mío, sin necesidad de usar el encendedor nuevamente. Eran las 3:33 de la madrugada, y nuestra única preocupación era el frío. Mientras se consumía el cigarrillo y seguíamos conversando ibas buscando como volver a tu casa.

En un punto, sin transporte opiné que deberíamos ir caminando, a lo que tu te reíste y dijiste 'Es una idea muy estúpida, yo vivo muy lejos', pero que empezaste a seguir, conmigo detrás. 4:00 marcaba el reloj y no aguantabas más el frío, te di mi buso y me volviste a sonreír como lo hiciste en el bar. De la nada pasó un taxi, y lo tomamos sin pensarlo, yo te dije que te acompañaba hasta tu casa y luego seguía hacia la mía, pero entre roces y miradas extrañas por parte del conductor, me bajé contigo.

Me invitaste a pasar, estaba un poco desordenado. Había colillas y botellas de cervezas regadas aleatoriamente por el apartamento. Me pediste que esperara en el sofá de la sala, ibas por un buso para regresarme el mío. Al cabo de 5 minutos volviste, completamente desnuda, estaba anonadado.
Te abalanzaste sobre mí y entre besos y caricias empezamos a follar. Empecé a perderme entre tus piernas, entre tus pechos, en tu cadera y en ti. El calor que sentí, tu sudor, tus gritos, tus marcas en mi espalda... todo.

Ya son las 12:30 del medio día, sigo acostado en tu cama, tú a mi lado, aún desnuda reposas en silencio. Siento la necesidad de irme, pero no porque no quiera seguir contigo. Mientras pasa el tiempo me siento a ver el techo, pienso en como una persona de la noche a la mañana puede cambiar la vida de otra. Pienso en qué puede pasar, en qué no y en menos de lo que imaginas me armo un mundo en mi cabeza, referente a esa situación. Empiezas a despertarte, volteas y me ves y sin titubear te me pones encima, quieres que sienta tus pechos, me besas y te levantas. Prendes un cigarrillo y vuelves a invitarme, '¿Por qué no?' pienso. Me preguntas si tomo café para ver si preparas una o dos tazas y te vas, con nada más que mi camisa puesta a la cocina.

Mientras tomamos café, te digo que debo partir, pero que no quiero que ésto sea algo de una sola noche, la verdad estaba encantado no solo con tu cuerpo, o con tu mirada, estaba loco por tu forma de hablar, por tus ideas y comentarios y por tus gustos, los cuales compartías conmigo. Me gustaba como veías la vida y creo que me enamoré en un momento de tu forma de ser. Sin mucho preguntar, me diste tu número, te escribí por que siempre dudo en este momento y efectivamente eras tú.

Te pedí mi camiseta para irme, y sin mediar palabras en medio de la cocina te la quitaste, me preguntaste si me gustaba lo que veía y posterior a eso, volvimos a tener sexo en el mismo sofá de la noche anterior. Siendo las 3:33 salí de tu casa, iba contento viendo la vida, sentía que esa noche mi vida cambiaría y empezaría a irme bien en las relaciones sentimentales. Salí contento a la calle, y no tuve ni que dar el primer paso en la avenida para recibir tu primer mensaje. Todo indicaba que estaba en lo correcto que mi vida había cambiado.

Al tercer día, desapareciste y no te volví a ver.









sábado, 13 de octubre de 2018

Un millón de estrellas.

Siempre podrían suceder un montón de cosas extrañas cuando dejabas que yo tomara las riendas de la situación. Conmigo en la cabeza las cosas siempre podían salirse un poco de las manos y terminábamos haciendo cosas que jamás pensaríamos hacer. Algunas veces ésto era nefasto, pero otras era lo mejor que nos podía pasar.

Estábamos solos, echados en la cama mirando el techo, tenías de esas estrellas que alumbran en la noche pegadas en tu techo, y mientras nuestros pies jugueteaban y nuestras manos se acariciaban, nuestras miradas iban fijas a ése techo. Yo contaba cuantas habían y pensaba en cuanto tiempo llevaban ellas en ese techo. Volteé a verte y en ese momento justo me viste, no pude con tu mirada y me sonrojé, a lo que respondiste besándome. Siempre me decías que era muy idiota, pero que entre todas las cosas era tu idiota. Empezaste a recostarte sobre mí, y al final, la noche se extendió entre el calor que emanaban nuestros cuerpos.

De mañana, nos vimos, y de la nada tomaste mi mano, me hiciste vestirme rápido y salimos a caminar. En el parque mirábamos como los perros corrían y la gente vivía sus vidas, mientras de la mano me llevabas por lugares que a duras penas recordaba haber caminado. Subimos unas escaleras y llegamos a un parque. Nos echamos en el pasto a hablar. Era feliz con esas pequeñas cosas y no lo dimensionaba.

De la nada una idea estúpida pasó por mi cabeza, te levanté y nos fuimos a tu casa, te dije que hicieses una maleta rápida, que a mi me bastaba solo con estar contigo, recogimos unas cuantas cosas y salimos, no sabías nada, pero me seguías la cuerda. Tomamos un bus y ahí empezó nuestra pequeña aventura. Pasaron una, dos, tres horas y ni yo sabía donde nos teníamos que bajar; como una señal del destino el bus paró y nosotros bajamos ahí. Caminamos otra media hora, hasta encontrar una casa, sabía que había estado ahí antes, entramos, nos pusimos cómodos y prendimos la chimenea.

Ya era de noche, claramente te había hecho hacer un montón de cosas para las cuales no nos habíamos preparado. Rendidos, cansados y agotados, solo queríamos acostarnos a descansar. Pero antes de eso, te saqué al jardín y nos echamos nuevamente en el pasto, esta vez acostados. Nuestros pies jugueteaban mientras nuestras manos se acariciaban, más y más cerca cada vez. El frío de la noche no era rival para el calor de nuestros cuerpos cada vez más juntos. En ese instante, con tus piernas rodeando las mías y mi brazo al rededor de tu cintura, miré al cielo. Veía pequeños puntos centellantes en el cielo; millones de estrellas rodeándonos en el firmamento.

Me sentí diminuto, volteé a verte y preciso tu también a mi, a lo que repetiste lo de la noche anterior y sonrojado, me besaste. Estoy seguro que podría tener un millón de besos por cada una de las estrellas que nos veía esa noche, y no quedaría satisfecho. Empecé a pensar en que estabas a mi lado, y esa sensación de disminución se iba yendo, a tu lado me sentía muy grande, muy tranquilo... muy feliz. Y pensé, que no hace falta un millón de estrellas, ni las diez que hay en el techo de tu cuarto, para darme cuenta que a tu lado, soy un hombre feliz.

De tu mano, siendo tu idiota, soy alguien absolutamente feliz.



sábado, 1 de septiembre de 2018

Idilio de amor.

No recuerdo cuando fue la última vez que vi esos ojos verdes mirarme de esa forma. He de admitir, siempre me encantó como contrastaban tus ojos con tu cabello negro. El bar estaba lleno, y eso hacía que estuvieses más cerca mío.

Nuestros pasos eran torpes, más por mi culpa que por nada, pero a ti no te importaba, siempre me dijiste que te gustaba verme sonreír, y de alguna manera eras la única a quien le regalaba mis sonrisas más sinceras. Nuestros pasos eran torpes... mis pasos eran torpes y lo único que hacías era reírte de eso. Te burlabas de mi, pero por verte así de feliz, cualquier cosa.

Al final, cada paso era un par de segundos más a tu lado,  cada paso que se daba me llevaba más y más cerca a tus labios. Pero aun el momento no llegaba. La torpeza no solo estaba en los pies, podías notar como cuando no estábamos bailando, torpemente buscaba tomar tu mano, y pese a que te dabas cuenta lo mucho que sufría por esto, no me colaborabas, porque aunque te gustase la idea, te gustaba aun más verme intentar ese tipo de cosas que sabías que no haría por nadie más.

La noche seguía su largo camino, mientras tu y yo nos íbamos viendo más y más a los ojos, tu hermosa mirada era la razón por la que siempre me quedaba ahí, embobado, viéndote. Poco a poco entre risas y palabras volando, las cervezas que teníamos se fueron acabando, y la hora de irnos se iba acercando.

Al final tu mejilla junto a la mía, mientras al oído me susurrabas las palabras más dulces que jamás me habías dicho, dejando en incertidumbre si esa noche se cumpliría, o no mi pequeño gran sueño.

Mi pequeño gran sueño; un beso en el que se fundan en una sola tu alma y la mía.